18th Sunday In Ordinary Time

08-02-2026Weekly ReflectionFather Chris

Dear Fellow Disciples, peace.

Today’s Gospel presents one of the most beloved miracles of Jesus: the multiplication of the loaves and fish. Yet the true miracle begins even before the bread is multiplied. Jesus sees the crowd, is moved with compassion, heals their sick, and then invites His disciples to participate in His saving work.

When the disciples see the hungry multitude, their first response is practical: “Send them away.” Jesus responds with words that continue to challenge every disciple: “There is no need for them to go away; give them some food yourselves.”

This is the heart of Christian discipleship. The Lord does not simply perform miracles apart from us; He invites us to place our small gifts into His hands. Five loaves and two fish seem insignificant before thousands of hungry people, but in the hands of Christ they become more than enough.

Mission always begins with trust. We often believe that our time, talents, treasure or faith are too limited to make a difference. Jesus asks only that we offer what we have. He blesses it, breaks it, and multiplies it for the good of others.

This miracle also points forward to the Eucharist. Jesus takes the bread, blesses it, breaks it, and gives it. Every Mass sends us forth nourished by the Bread of Life so that we, in turn, may become bread broken for the world through works of charity, forgiveness, evangelization, and service. The Word of God and the Eucharist nourishes and sends us as disciples to form other disciples, that's when discipleship turns into mission and action.

The Gospel concludes with twelve baskets left over — a reminder that God’s generosity is never exhausted. When we place our lives in His hands, He provides not only enough, but an abundance of grace for His Church and for the mission entrusted to every baptized believer.

May we never ask Jesus to send people away. Instead, as missionary disciples, let us bring our humble gifts to Him, confident that He will multiply them to feed the spiritual and material hunger of the world.

May the Holy Spirit assist us and empower us to make disciples by welcoming all in the truth of the One, Holy, Catholic and Apostolic Church.

God Bless


18.º Domingo del Tiempo Ordinario

Queridos Discípulos, paz.

El Evangelio de hoy presenta uno de los milagros más queridos de Jesús: la multiplicación de los panes y los peces. Sin embargo, el verdadero milagro comienza incluso antes de que se multiplique el pan. Jesús ve a la multitud, se conmueve, sana a sus enfermos y luego invita a sus discípulos a participar en su obra salvadora.

Cuando los discípulos ven a la multitud hambrienta, su primera reacción es práctica: “Despídanlos”. Jesús responde con palabras que siguen interpelando a cada discípulo: “No es necesario que se vayan; denles ustedes mismos de comer”.

Este es el corazón del discipulado cristiano. El Señor no realiza milagros sin nuestra intervención; nos invita a poner nuestros pequeños dones en sus manos. Cinco panes y dos peces parecen insignificantes ante miles de personas hambrientas, pero en las manos de Cristo se convierten en más que suficiente.

La misión siempre comienza con la confianza. A menudo creemos que nuestro tiempo, talentos, recursos o fe son demasiado limitados para marcar la diferencia. Jesús solo nos pide que ofrezcamos lo que tenemos. Él lo bendice, lo transforma y lo multiplica para el bien de los demás.

Este milagro también nos invita a la Eucaristía. Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo reparte. Cada Misa nos impulsa, nutridos por el Pan de Vida, para que, a su vez, nos convirtamos en pan partido para el mundo mediante obras de caridad, perdón, evangelización y servicio. La Palabra de Dios y la Eucaristía nos nutren y nos envían como discípulos a formar a otros discípulos; es entonces cuando el discipulado se transforma en mision y acción.

El Evangelio concluye con doce canastas sobrantes, un recordatorio de que la generosidad de Dios nunca se agota. Cuando ponemos nuestras vidas en sus manos, Él provee no solo lo suficiente, sino una abundancia de gracia para su Iglesia y para la misión encomendada a cada creyente bautizado.

Que jamás le pidamos a Jesús que aleje a la gente. En cambio, como discípulos misioneros, ofrezcámosle nuestros humildes dones, confiando en que los multiplicará para saciar el hambre espiritual y material del mundo.

Que el Espíritu Santo nos asista y nos fortalezca para hacer discípulos acogiendo a todos en la verdad de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Dios los bendiga

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